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LA MUERTE DE UN PROGENITOR DURANTE LA ADOLESCENCIA

LA MUERTE DE UN PROGENITOR DURANTE LA ADOLESCENCIA

La pérdida de un padre es un golpe tan fuerte y a veces imprevisto que muchas veces el adolescente en un primer momento puede adoptar una postura incluso de indiferencia ante tal hecho. “Si bien es cierto que todas las muertes se viven como injustas, las muertes traumáticas repentinas, ante las que por definición no se puede estar preparado, evidentemente lo son todavía más” (Cagnoni, Milanese, 2009). Las sensaciones que experimenta el joven son el dolor y la rabia, que pueden ser más evidentes una vez superada la fase de aturdimiento inicial.

No se puede asignar una duración concreta a las fases del luto, pero sí que una vez terminado, si está bien elaborado, terminará con la fase de aceptación, siempre acompañada de nostalgia.
Además de enfrentarse a su dolor, el joven con frecuencia tendrá que enfrentarse a transformaciones en el seno familiar: un posible nuevo progenitor y las relaciones que establezca con éste, el proceso de luto de cada hermano,  cada uno diferente, el dolor del padre que haya quedado solo y sus intentos por hacer reflotar a la familia (en muchos casos minimizando el ambiente de tristeza, haciendo como si no pasara nada, evitando llorar…). Todo esto influirá sobre el adolescente y lo empujará a procesos de adaptación inevitables.

Según se ha observado en la práctica clínica, el joven tiende a adoptar una o varias de las siguientes estrategias:

–No hablar del padre o madre muerto. Este es un mecanismo consecuencia de la fase de negación que suele sobrevenir a la inicial de aturdimiento y sirve para proteger al joven del dolor. El adolescente borra de su vocabulario la palabra “mamá” o “papá” debido al dolor que le provoca. Este mecanismo puede prolongarse durante meses, años o décadas si no se pone en marcha un proceso sano de elaboración del luto
–Hablar excesivamente del progenitor y del motivo por el que ha muerto. De esta forma también disfuncional el joven halla alivio inicialmente a su rabia y dolor, pero termina por agravarlo y empeorarlo: es como rascar continuamente sobre una herida abierta a la que se le impide así cicatrizar.

–Huir de la realidad intensificando la vida social con amigos, procurando mantenerse ocupado y entretenido y así no pensar. Esta forma de evitación puede ir acompañada de drogas, alcohol y conductas sexuales de riesgo. El dolor es tan grande que el joven trata de anularlo a través de la vida social y atribuyendo una excesiva importancia al grupo de amigos.
–Adoptar el papel de víctima, el joven se atribuye una condición de inferioridad que no le permite avanzar en las fases de crecimiento. El joven tiene la sensación de “estar cojo”. Es importante destacar que esta victimización no siempre se exterioriza sino que muchas veces se vive solo internamente.

Por todo ello una correcta elaboración del luto precisa de la experimentación del dolor hasta que la herida cicatrice. Darle mecanismos al adolescente para que diariamente dé rienda suelta a su dolor hasta que pueda salir de él y el dolor, como los posos del vino se terminan por decantar en el fondo, se atenúe lentamente.

Al final de la terapia el adolescente estará preparado para construir su madurez,  portando consigo la cicatriz de un pasado que no se puede borrar pero que deja ya lugar a un presente y un futuro esperanzadores donde siempre que lo necesite pueda abandonarse a una nostalgia sana e inevitable.

“Solo se puede abandonar un campo de batalla cuando se es capaz de permanecer en él; si se abandona cuando no se es capaz de permanecer en él se trata de una fuga”

Para saber más sobre el dolor y el luto lee  los siguientes libros de Giorgio Nardone  “Ayudar a los padres a ayudar a los hijos. Problemas y soluciones para el ciclo de la vida” y “Cambiar el pasado. Superar las experiencias traumáticas con la terapia estratégica” (Federica Cagnoni y Roberta Milanese), ambos de Herder editorial.

Publicado en Fans de la Terapia Breve Estratégia Madrid-Malaga recopilado por Alicia García Aguiar en 12/03/2017

Por: María Andrea Hernández y Elisa Valteroni, en “Ayudar a los padres a ayudar a los hijos. Problemas y soluciones para el ciclo de la vida” Herder, 2015

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